16 de noviembre de 2015


Huele a leña la ciudad. 
Si suena una sierena, vas detrás. 
Vas detrás.
Sueña un sueño de verdad, 
y quédate conmigo hasta el final.
Quédate conmigo, hasta el final.

Si aquí nunca nieva, aquí solo llueve. 
Y bajo la lluvia, crecemos mas fuertes.
Ya sé que aun esperas al año que viene,
y es esa locura la que hay que creerse.

Si es ingenuo que mas da, 
lo nuestro siempre fue la ingenuidad.
La ingenuidad.
Sueña un sueño de verdad, 
y quédate conmigo hasta el final.
Quédate conmigo, hasta el final.

Si aquí nunca nieva, aquí solo llueve. 
Y bajo la lluvia, crecemos mas fuertes.
Ya sé que aun esperas al año que viene,
y es esa locura la que hay que creerse.

Ya se que me juras, que hay un futuro y el tiempo futuro,
yo creo que es este.
Ya se que aun esperas al año que viene,
y es esa locura la que nos mantiene.
Es solo un ultimo intento mas, el tiempo del futuro esta
aquí.

5 de noviembre de 2015

Turning. Epitafio corto de una vuelta a “casa”.

Para poner en situación. Este escrito fue realizado a medias en un autobús destino Anero, España, y en un Starbucks de Kingston, Londres.


Minutes into hours and the hours into years. Nothing changes, nothing ever can. Round and round the roundabout and back where you began.”



Extraño. Surrealista. Esas son las palabras que definen un viaje a tu casa tras cinco meses sin pisarla. Darte cuenta que estás cogiendo un avión, que estás sobrevolando ese mar donde tantas veces te has bañado, y donde lo volviste a hacer cuando pisaste tierra durante esos días porque el pez siempre necesita el mar, pero sin llegar a darte cuenta que estás en un avión. Que estás en casa. En la que se supone que es tu casa. Luego coges un autobús, así como lo hacías para ir a la Universidad, y pasas por TU CASA, por esa recta, y otra vez es surrealista porque estás mirando tú teléfono o leyendo como si nada hubiera cambiado. Entras en ese estado de no-calma. Porque internamente sabes que ya no perteneces ahí, pero como una brújula que eres, el imán de tu tierra te hace ser parte de ella, aunque la niegues durante meses, años, aunque la alejes, hasta incluso cuando intentas aceptar de dónde eres y vivir con ello y te sale mal, más o menos como todo en tu vida pero eso ya es discutible. Y así pasas dos días, desayunas, paseas, comes, comes mucho, abrazas a amigos, ríes con ellos, ves el mar, ves tu jodido y precioso mar, y por un segundo la esperanza de que estabas equivocada en cuanto a tu ciudad se hace plausible en tu pecho, pero eso es solo porque observas la primera capa, pasados dos días quitas otra capas y descubres que no, que todo sigue igual. Aunque esto te das cuenta cuando estás de nuevo de vuelta, o ni siquiera eso, cuando estás una noche mirando al techo y el sobrepensar te viene a la cabeza una vez más, o incluso cuando estás escribiendo lo que ha sido estas semanas fuera desde una cafetería donde no oyes a la gente en español, sino que vuelves a oír inglés, donde puedes volver a hacer comentarios sin que te entiendan (o quizás algunas sí) o hasta ir por la calle sin ser juzgado y mal mirado. Ah, dulce libertad. Que conste que esto no es una crítica ni una comparación, es solo una retrospección, un intento de explicar la extraña sensación que se posó en mi estómago aquellos días. Siempre sabré cual es mi ciudad, pero tampoco olvidaré de donde vengo, esos acantilados siempre me tendrán horas sentada observando, recordando la decisión que casi tomo pero no lo hice, ni los desayunos, ni las pizzas de Telepizza, ni siquiera las cuestas “empinadas”.


Extraño. Surrealista. Irreal. Porque la realidad se aplica ahora, en el fondo de un vaso de café, viendo a lo lejos el Big Ben. Corre, van a dar las cinco, es hora del té. 




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