10 de septiembre de 2015

Fuegos Artificiales

"Love, like art, must always be free."

Amo toda clase de arte. Soy esa clase de persona que puede estar en primera fila en un combate de boxeo, gritando y vitoreando, aunque seguramente me salga algún grito de dolor por el contrincante, como puedo estar tranquilamente sentada en un museo, observando un cuadro que todavía no he estudiado o que mi mente ha decidido olvidar, seguramente moviendo la mano si me he dejado los lápices en casa, es una pequeña manía mía cuando veo algo tengo que dibujarlo y si no tengo nada a mano pues uso el aire. El caso es que todo espectáculo me pone los vellos de punta, por eso ahora voy a explicar uno de ellos, no se ve mucho, quizás por eso es tan especial.

Como si fuera una estrella de colores, incluso se funcionan con estas cuando llegan a lo más alto, los fuegos artificiales siempre me han dado un vuelco al corazón, el color, el ruido, el cómo se acompasa la explosión del final a mi corazón henchido cuando ocurre, o como cuando caen, al igual que yo hace tiempo, pero luego se vuelven a levantar, y vuelven a ser majestuosos. No hay uno igual, todos son distintos, uno más alto, otro más bajo, otro más ruidoso, otro menos, uno que se queda atascado y no sale, ¡¿y esos que van dando saltitos por el agua?! Esos son claramente yo. El caso es que siempre los he vivido como una muestra de arte más, alzando la cabeza, mis ojos brillando de emoción, pum, la explosión por su parte y por la mía. Aunque, como siempre, lo he vivido como algo para mí. Los fuegos artificiales y yo somos uno, no soy persona social, eso está claro, y siempre me gusta sentarme y observar como un niño pequeño cuando los ve por primera vez, ahora los adultos los ven pero lo hacen mientras una bebida cae por sus labios, y yo no necesito más bebida que observar ese cielo oscuro, cuanto más oscuro mejor, lo siento Luna a veces es mejor esperar, y ver como ascienden, resonando, mis ojos brillando de nuevo, y explotando, y yo ahí sentada, alzando el cuello hasta el show termina. Porque, como todo lo bueno, no perdura por siempre.
Ahora es distinto.

Ahora estoy en Londres, frente al Big Ben, habiéndome metido cinco cafés del Starbucks, la bufanda de Gryffindor en el cuello, chocando con una de Slytherin a su lado, y me está pidiendo la mano, la mujer de hierro que debía haber conocido me está haciendo un intento de puchero y pidiéndome permiso que la tome la mano, nunca me cansaré de esos instantes, pequeños, insignificantes, pero importantes. “Permets-tu?”, me habla, porque está todo demasiado lleno de gente como para poder susurrarme, y tiene esa sonrisa sin enseñar los dientes que hace que no conteste, porque sabe que no hace falta que lo haga, y tomo su mano, apretándola fuerte a la mía. La nieve cayendo sobre las manos unidas, una caliente porque es una estufa humana y la otra comenzando a entrar en calor, sintiendo por fin eso que todos tachaban de amor pero que nunca había creído, no voy a entrar en su cabeza porque para eso es suya. Otra sonrisa, una risa nerviosa tachada de hámster, el temblor en sus pestañas siempre tan eclípticas para mí, mi otra mano moviéndose para dibujar en el aire esa extensión que tanto me obsesiona, y dan las doce. El big ben resonando igual de alto como desde el primer día que lo escuché en directo, pero esta vez el sonido se vuelve tapado por otro más: fuegos artificiales. Lo curioso es que no miro, no alzo y la cabeza ni sonrío en la solemnidad de su belleza, sé que debo verlo, porque me he tirado años viéndolos por la televisión, pero prefiero ver el reflejo de estos en los ojos de esa persona que no me está mirando, o que está pensando que tengo un momento de esos en los que mi mente se va del mundo, prefiero ver esas manos unidas bajo la nieve.
Sí, amo toda clase de arte, y en navidades no voy a cansarme de verlo reflejado en sus ojos.




Feliz 10/4.

Hernando.
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