31 de agosto de 2015

Don´t let the (beatles) bastards let you down.



Reconozco que a veces soy gilipolllas. Porque sé cuando algo me va a hacer daño, lo tengo delante, lo observo durante horas, y soy tan tonta que me lanzo a ello, quizás debería empezar a hacer caso a eso de que soy muy Aries y muy lanzada con todos los asuntos, quizás, pero prefiero tacharme de tonta. Porque al igual que un francotirador sabe donde apuntar para matar, desde la distancia y tomándose la calma para hacerlo, a mí me pasa igual. Soy mi propia francotiradora y sé exactamente donde apuntar para que me duela. Y hoy he apuntado directamente a mi cabeza. Pero mis disparos no son con armas, sino con música. Los cascos a todo volumen, de ese volumen que se oye seguro desde España, y playlist de llorar en constante reproducción. Como el francotirador que dispara por primera vez, mis dedos titubearon al leer el título de la canción. Sí, tú, sabes cual canción hablo. Habían pasado, qué, ¿dos años, tres años? Sin atreverme a escucharla de nuevo. Hace poco sonó por el metro de Londres y no pude pararme a escuchar, cosa que siempre hago porque ¡es Londres! Porque no sabía hasta que punto me iba a afectar, así que hice de tripas corazón y salí corriendo, la música subió de volumen, y esa estúpida y estridente voz diciendo que tuviera cuidado con el hueco. Pero hoy no, no. Porque ya he disparado suficientes veces a matar como para que dude. Porque en algún momento debo coger las riendas de mi cabeza y azotarlas para demostrar que sigo viva, y no os imagináis cuanto de viva estoy ahora. Así que, bajo la lluvia londinense que viene a ser como el aire para los pulmones de cualquier humano, y los cascos en el volumen predeterminado: he disparado. La canción ha empezado a sonar, mi mente ya preparada sabiendo lo que iba a ocurrir, o lo que yo creía que iba a ocurrir, mis manos temblando mientras posaba el bolígrafo sobre el papel, dispuesta a todo, dispuesta a soltar lo que mi mente iba a empezar a pensar.

Pero no ha sido así. No ha habido lágrimas. No ha habido dolor. Más bien, he sonreído. Sobre todo al final cuando me he visto que te estaba escuchando y no había salido mal. Al principio un recuerdo batió mi mente: tú y yo solos en esa pista de baile, el bar a punto de cerrar, tu y yo siendo esa canción. Pero hasta ahí los recuerdos. No ha habido recuerdos malos, no ha habido ataque de ansiedad. Una vez más, he recuperado mi canción y la razón de porque la amaba, de por qué antes de ti Let It Be ya era mía. Y haciendo caso a los dulces, dulces palabra de mi Paul, al que dejé claro mi adoración hace unas semanas en el muro de Abbey Road, lo dejé estar, lo dejé ser. Y todas las cosas cobraron sentido. Ahí estaba yo, escuchando lo que ahbía sido nuestra canción, ahora siendo mía, sabiendo que estaba en la cima de la montaña en cuanto a ti se refiere. No te preocupes, no ha habido rencor ni miedo. Sabes que soy incapaz de odiar. Más bien debería darte las gracias, pero eso me llevaría más de una entrada y perdona pero voy a ser egoísta y a escribir sobre mí, porque ahora esa canción que era de la Lucia de antes de ti vuelve a ser la canción de la Lucía de después de ti, y asústate de esta nueva si quieres o alégrate por ello, me da realmente igual.

Así que dejé, como siempre, el bolígrafo volar sobre mis nuevas hojas, algunas todavía arrugadas por lágrimas derramadas, otras echas girones por cuando no me salían los sentimientos, y aquí me tienes. Del papel a la mesa. Demostrando que la vida es una montaña, y quizás las vistas sean preciosas desde lo alto pero, desde donde me encuentro ahora mismo, las vistas me enamoran igual.

¿Y tú, te atreves a apuntar y disparar?


And in my hour of darkness
She is standing right in front of me
Speaking words of wisdom
Let it be

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