8 de agosto de 2015

Carta a un anónimo

Querido Anónimo:

        Me encantaría poder escribirte desde algún punto donde tú y yo siempre soñamos estar, pero no puedo. Llueve, si, aquí siempre llueve, pero no es la que nos gusta, si me permites etiquetarte por nuestras cosas favoritas. Llueve pero no me dejan mojarme, por algo llamado catarro, o eso dicen los mortales. ¿Qué problema existe en querer salir a la calle, descalza, sin paraguas, solo a ver llover, mientras la Luna lucha contra las nubes? Adoro las batallas, lo sabes, y esa es mi favorita, guardemos la exclusividad de la batalla entre las sábanas. Esta noche eres anónimo, porque no me permito el honor de compartirte con el resto del mundo. Pero si quiero que sepan lo mucho que me has cambiado, anónimo, de cómo ahora tomo el té con azúcar solo para que se pose en mis labios y rememorar la dulzura de los tuyos. Quiero que sepa(s)n que ahora soy feliz, que las canciones que ponen en la radio sobre amor, desamor, dolor, alegría, todas cobran sentido. En realidad esta es una carta a nadie, pero viene escrita desde el temblor de mis piernas y los nervios en mi garganta, porque, anónimo, me conoces, y sabes que me cuesta hablar en voz alta. Como desearía tomar un micrófono, subirme en un pedestal y gritar que me has cambiado la vida. Pero no puedo. Seguro me tropezaría al subir, me rompería de nuevo los dientes, y, si llegase llegar arriba, luego me pondría tan nerviosa que no saldría una palabra, quizás sí un llamamiento al pueblo, un chiste locuaz sobre por qué necesita Jack Sparrow tanta harina. Pero no una sola palabra sincera, ni siquiera soy capaz de decir cuando te tengo a microsegundos de mis labios, ni siquiera cuando estás entre las sábanas, odiando al sol y al mundo, pidiendo que me quede un rato más entre ellas. Si no puedo quedarme en esa ocasión ¿Cómo iba a hablar en voz alta de aquello que los mortales tachan como sentimientos? Pero, como buena hija de Shakespeare, y tú, discípulo de Oscar Wilde, las palabras si son lo mío, al igual que los pinceles las noches de duerme-vela. Puedo jugar con ellas, quizás como pienses que estoy haciendo ahora, puedo tornarlas de algo bello a algo horrible, pero siempre reconfortantes. Ojalá leas estas palabras con mi voz, anónimo, porque no las oirás de estos labios. Pero si podrás hacer una cosa, besarlos. Besarme hasta dejarme sin aliento, a provocar terremotos, las mariposas son para los principiantes, y besarme hasta que no quede un solo hueco de mi cuerpo que no lleve tu nombre. Querido anónimo, sigue lloviendo, y por primera vez en años mis ojos se caen por si solos, sin medicación, será que tu éter todavía circula por mi cuerpo. Espero te llegue esta carta antes de los arduos tres meses de espera. Saludos desde la parte más oscura de mi cuerpo, donde, poco a poco, está apareciendo un pedazo de luz.




Tuyo siempre, Invierno.







No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...