14 de mayo de 2015

Y seré lluvia.




Algunas personas les gusta la lluvia, pero abren el paraguas. Ella es de las que ven llover y enseguida está fuera, sin paraguas, dejando que su olor se cuele hasta sus costillas y haciendo su cuerpo estremecer con cada gota. Hace poco fue una de esas “malas noches”, donde la tormenta se hizo intensa en ella, donde los pensamientos y las atrocidades más crueles traspasaban su realidad. Pero como, ¿cómo una simple cosas que ni siquiera era cierta, que no la había visto de pleno, podía causar tanto daño? Sencillo, ella es alguien fácil de fallar y fácil de romper. Salió corriendo para ahuyentar a la gente, más de lo que ya hace con una simple mirada, corriendo hasta quedarse sin aliento, cabe decir que sí, tenía aliento, más ahora estaba mezclado con el sofoco y la falta de aire, el corazón latiendo más rápido que un solo de batería y las piernas atoradas de correr, correr y correr. Y ahí estaba, siempre suya, la lluvia, cubriendo su cuerpo y abrigándola, susurrando leve en sus oídos una dulce melodía a juego con el tiempo. “Carry on wayward son –susurraba- eres más fuerte que esto, yo estoy aquí, contigo, déjame que te cubra y te acompañe.” Como siempre ha hecho, pensó ella, más las ideas seguían brotando, la impotencia, el sentirse nada, el querer correr hasta el mar y ser pez una noche más, porque allí no tenía que fingir, allí podía ser lo que quisiera, no la harían daño. Pero no tenía tiempo ni fuerzas para llegar allí, así que dejó que la lluvia la abrigara y la guiara hasta el hogar, donde el calor y una humeante taza de té dejarían a la tormenta otra vez con la miel en los labios. Por el camino algunos monstruos se acercaron, pero nada mejor que una capucha negra tapando la desdicha y una cara de todo menos de amigos les mandó a miles de kilómetros. Por unos instante la lluvia cumplió se promesa, ya no había tormenta, solo estaban ella y las gotas rondando tanto como por sus pies como las saladas en sus mejillas. Ah, cual placer, cuanta paz, en aquel instante. Olvidando todo lo ocurrido, siendo una sola cosa. Una felicidad instantánea que duró hasta que las sábanas hicieron como las olas hace de mecedora a un marinero.

Allí, bajo la lluvia, es donde mis demonios se esconden.

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