13 de agosto de 2014

Retrato de una ansiedad.

            


      Estás solo, y no puedes controlarlo.
    La respiración se te acelera sin motivo, ya puedes estar caminando por la calle como tirada en un rincón de tu (cueva) habitación. Notas las manos temblar, te las miras, porque no puedes entender por qué lo hacen, y te las llevas sin darte cuenta a los brazos. Te arañas los brazos, concentrarte en el dolor te sirve de ayuda, al menos durante unos segundos, a controlar aquello, pero sabes que siempre se te irá de las manos. Luego te pasas las manos por la cara, resoplando y temblando por completo, te estiras la piel, o al menos lo poco que queda de ella. Entonces las notas corres, lágrimas. Sal concentrada que tuerce tú gesto y despedaza tus mejillas, caen como un torrente imparable, y tú solo puedes intentar pararlas colocando las manos en la cara. Uno, dos, tres gemidos. Te ahogas, el corazón late a miles de latidos por segundo. No puedes pensar, no puedes actuar, solo puedes dejarte llevar, pues ya estás demasiado perdido como para poder controlarlo. Te levantas, caminas, te mareas, te sientas, escondes la cara entre las rodillas, como seguramente te diría cualquier médico que reconociera lo que estás pasando ahora  mismo. Poco a poco el corazón va más despacio, pero viene la peor parte, la cabeza estalla. Te duele, como si te metieran balas despacio por cada poro de tu cerebro, te taladra despacio. Ahogas un gemido, que se mezcla con un primer grito, de ayuda. Pero la ayuda no sirve, estás solo, nadie sabe que sientes, que haces, y menos tú mismo sabes que hacer, excepto a lo que estas acostumbrado a hacer. Se pasan los segundos mientras tú sudas, tanto que te arrancarías la piel hasta quedarte en los huesos, para así poder sentir algo que no sea el calor y el estrés en el que estás ahora. Poco a poco apartas las manos, las observas y ya no tiemblan. El cansancio hace que dejes de sudar pero todo lo pasado antes se convierte ahora en algo tan doloroso y pesado que no puedes con ello. Parece como si todo el planeta se tirara en tus hombros. Y entonces sabes qué hacer, te levantas, coges todo ese peso, te pintas una sonrisa en la cara y buscas el aire, para que se lo lleve. Callas los golpes de pensamientos con el viento, frío y refrescante. Añades un tachón más en el calendario y esperas, muy en el interior, que no vuelva a pasar. Aunque está claro que eso nunca se sabrá.

              
    Sigues estando solo.







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