3 de julio de 2014

¿Por qué amamos tanto a las chicas tristes?


Quizá por la fragilidad de sus gestos. Quizá por esos ojos enormes e hinchados llenos de acuosas acuarelas. Quizá por el triste gemido, como de animal enfermo, que sus bocas exhalan. O quizá porque en sus pechos intuimos una rabia y una fuerza que rugen, escondiendo en su interior historias e insectos que hacen daño, pero que ellas soportan, porque así aprendieron que debían hacerlo. No son niñas, ni tampoco mujeres, son chicas tristes que nacen desde lo más blanco del folio del joven artista Albert Solóviev.
El Instagram de Solóviev está lleno de estas chicas, algunas llenas de colores y otras simplemente perfiladas. Lápices, gamas cromáticas, las manos del autor sobre el escritorio: todos ellos símbolos comunes en sus fotografías, que cada vez cuentan con más corazones de los usuarios y con más seguidores en la red social. Porque en la jungla de imágenes con filtro y selfies desmesurados, la suya es una cuenta deliciosa, que no sólo muestra un mundo femenino y mágico, sino también una vida en la que nada sería posible sin la poesía.
Con mariposas entre el cabello, con pecas como constelaciones por debajo de los ojos, con moscas en la garganta o gotas de sangre que bien podrían ser cadenas, las protagonistas de Solóviev viven en una galaxia única a la que quienes la miramos quisiéramos viajar. Seguro que allí dentro huele a violetas. Seguro que allí dentro se está tranquilo. Seguro que allí las lágrimas saben dulces. Seguro que una vez allí metidos no querremos regresar a la realidad.



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