4 de julio de 2014

But I´m only human.

Esta noche era la noche.

Estaba sentada junto a la cama de mi fría habitación, observando cada uno de los rasgos de mi piel. No demasiado delgada, no demasiado flaca. No demasiado buena, no demasiado buena. Pasé las níveas manos temblorosas por la brisa que entraba a través de mis capas, redondeé con el dedo la brújula de mis pies. ¿Cuándo había perdido el rumbo, podría encontrarlo de nuevo? Me subí las mangas de (su) camisa de cuadros negra y roja hasta la altura mis codos. Si hoy era la noche, debía ser ahora. Realmente lo necesitaba. Agarré con fuerza la máquina de tortura, mi mejor amiga y me peor enemiga a la vez, la enchufé a la corriente y la di vida en mi antebrazo. El sonido de la máquina de tatuar se penetró en mi oído, haciéndome el amor con su pequeño requinteen, mientras las agujas subía y bajaban, ansiosas de posar su tinta en algún hueco de sobre piel. El contacto de piel-máquina me estremeció, observé como una fina línea roja ya se había formado en mi brazo. Cerré los ojos un segundo para dejar que la sustancia creciera por mi cuerpo, se expandía despacio pero con un gozo que solo los que tienen tinta en su cuerpo saben a lo que me refiero. Una vez iniciado el baile, era hora de dar el primer pasó. Trozo a trozo, gemido a gemido, terminé la pieza que adornaría mi cuerpo hasta el fin de mis días.

Un tímido hilo de sangre surgió del final de la flecha, demostrando que en realidad no era más que una humana, que sangraba y sentía, que me caía. Lo limpié con mis labios y los relamí con mi lengua, se me antojó ácido. Me quedé tumbada en la destartalada cama observando el nuevo dibujo, una flecha que indicaba que siempre había de seguir hacia delante hasta llegar a mi objetivo. Posé el otro brazo en mis ojos mientras las lágrimas de mis mejillas se mezclaban con la sangre de mis labios, que se abrían entrecortados en busca de aire y con el calor inerte que desprendía mi tatuaje. Dejé que salieran esas rebeldes gotas, dejé que llorase por nada en concreto, suspiré hasta abaratar el aire y mi brazo echó fuego desde mi piel.
¿Por qué cuanto más diferentes somos más hemos de odiarnos? ¿Por qué nos conformamos, suplicamos, por ser normales? ¿Qué hay de divertido en ser normal? Yo no soportaría la idea de ser igual que otra persona, que vestir igual, que ir a los mismos sitios, seguramente me volvería (más loca) antes que caer en ese agujero. Lo que me fastidia es que no aceptamos lo diferente, en cuanto los “normales” atisban un mínimo ápice de diferencia en seguida hacen todo lo posible, mental y físicamente, por destruirlo.  Somos humanos, no máquinas, no estamos hechos para ser iguales sino para que cada uno sea lo que es, con sus defectos y virtudes, y aún así no aprendemos y seguimos repudiando lo diferente…

Yo soy humana. Y me caigo, me levanto, y me vuelvo a caer. Puedo fingir la mejor de las sonrisas, puedo ser la persona más importante para alguien, puedo dejarme mojar en vez de sacar un paraguas, puedo dar todo lo que soy…

Esta noche era la noche.

Decidí dejar de ser normal y ser diferente.



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