6 de mayo de 2014

Poeta fantasma (retrato)


Caía la niebla sobre las cuatro paredes de la lúgubre habitación de aquel motel de París, la madera chirriaba a cada paso sigiloso y la lluvia creaba sintonía al panorama que aquella taciturna e insomne noche reflejaba la escena. En el centro del escenario, una cama de sábanas blanco roto llenas de girones y de dobleces. Sigamos subiendo, acompañando al olor de sudor, sangre y lágrimas que habían impregnado las mantas. Un poco más arriba ahí estaba, poeta fantasma, ensimismado en uno de sus libros, no desvelaré cual es os dejo que digáis uno al azar. Un rebelde cigarro sin encender prendía de sus labios, nunca encendía aquella arma, como dijo John Green “te pones el arma en la boca pero no dejas que te mate”, era una metáfora, pero no para el poeta, para él era solo un pasatiempo. Jugueteaba con el arma de un lado al otro de lo que daban de si sus rasgadas comisuras, acompañado de un lento movimiento para atusarse la barba de tres días siempre eternos. En sus manos, como ya he dicho, sostenía un libro mientras que su mano libre vagaba en busca de algo que entretener el lío que era su mente. Volviendo a bajar por la geografía del escenario se encontraba ella, hecha un ovillo sobre las piernas de su trovador y escuchando con atención las palabras que este levemente susurraba. La enseñaba palabras, luego la ayudaba a usarlas para así ser mordaz cual cuchillo de plata, y así era su vida: él leía, ella aprendía. Costaba creer que dos personas pudieran vivir así, a expensas de la desgracia que eran las vidas de cada uno. Él había huido de la Tierra a través de los libros y de las palabras que él mismo escribía, ella solo la bastó mirar en los penetrantes ojos del poeta fantasma para querer dejar todo atrás. Y no me refiero a que antes ella tuviera una vida, que el hombre fuera nada más que un capricho. No, ella realmente se había dejado llevar, por primera vez en su vida había dejado de pensar en demasía y se había centrado en escuchar al poeta fantasma, enseñándola a ser valiente, a ser fuerte. El solo se colocaba tímido entre las sábanas de la desordenada habitación, él seguía pasando de un lado al otro su cigarro y ella cerraba los ojos para dejarse oír por los sonidos: el sonido de él cuando dormía, ella lo vigilaba cual estrella siguiendo a su luna siempre en lo alto, el sonido de sus pasos tímidos y sobrios sobre la madera, el bullicio de la gente de París que vivía su vida como cualquier otra persona. Ella recolectaba palabras, sonidos, cualquier cosa que la hiciera no pensar en todo lo que no debía pensar. Y algo más.
-          - Espera –dijo ella, dando un salto.

Sin más dilación el telón de nuestra escena se elevó, las cortinas se abrieron de par en par e iluminaron las  suaves y delicadas manos del hombre, que sujetó con fuerza el libro que ambos habían oído esa noche y miró con estupor a la mujer.

-          - ¿Qué haces?

Ni siquiera se atrevió a contestarle, ella cerró los ojos y disfrutó del aterciopelado sonido de la voz del poeta y sonrió con dulzura, dejando una verdadera sonrisa de felicidad en aquella máscara que hace años se había obligado a llevar. Tomó entre sus manos una pequeña cámara de fotos, lo único y lo último que pudo llevarse antes de dejar todos sus problemas atrás. Él, consciente de las intenciones de su ama, se tapó la cara con el libro y rió a mandíbula batiente. “Cuando no estás mirando a las nubes” decía siempre él “te pasas el día entero haciendo fotos”. Y era cierto, porque ¿qué hay más eterno que una fotografía? Encima para ella, que era la que tomaba la imagen, sabía el significado de cada fotografía. Recordaba todos los instantes en las que ella y su cámara habían estado, presenciando todas sus idas, sus venidas, sus golpes, sus amores… Así pues le hizo una foto a nuestro poema fantasma, que por fin se atrevió a apartar el libro de su cara, pero no se lo dejó tan fácil, al fin y al cabo es un poeta y los poetas nunca lo ponen fácil.  Tomó a la joven de la mano y la tumbó a su lado, ella aprovechó mientras se volvía a empapar en su aroma a lluvia recién caída y giró la cámara para hacerse, juntos, una foto. Otro momento más capturado, otro recuerdo para el cajón de los no desastres.

Él murió antes que ella, recuerdo ver su alma flotar sobre los cimientos de una derrumbada por las bombas París. Recuerdo que se acercó a ella, tirados ambos en el suelo de una plaza ya sin nombre, y la abrazó por la espalda. Quedando solamente ella, su cámara, y las sabias palabras del poeta fantasma para seguir adelante.

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