19 de mayo de 2014

El pintor de vieja Nueva York




En el cielo gris que asolaba entre los edificios de la gran Nueva York caminaba un hombre de espalda curva, pesada, hombros grandes y barriga inexistente que cargaba una caja de pinturas. Caminaba de una punta a otra de la ciudad absorbiendo los colores en su mente. El amarillo de los taxis, el verde los semáforos, el rojo la de sangre en un portal… En su paseo llegó a Times Square. Oh bulliciosa y parapléjica calle, llena de edificios, ¡cuántos colores! ¡Cuántos olores! Sin duda aquel era EL LUGAR. Sacó su polvoriento cuaderno de dibujo amarilleado por el tiempo y un lápiz sin apenas punta mientras se dejaba tragar por la ciudad. Un coche pitaba alocado en un extremo y un joven invitaba a otro a un clásico perrito caliente en el otro extremo. Pasando una vista rápida a la avenida, el pintor se puso a hacer su trabajo. Una delgada línea perpendicular, una curva apretando más el pincel. De vez en cuando levantaba la vista para buscar su estrella, el Empire State Building. Hay humanos que se fijan en las constelaciones de verdad cuando andas perdidas, nuestro pintor no, nuestro sujeto utilizaba un edificio. ¿Por qué? Pues porque los edificios se construyen, se derriban, y se pone otro nuevo, pero el Empire State era la excepción por excelencia. Habían pasado años, ni siquiera el pintor logró ver como lo construían, y ahí seguía, quizás no fuera el más alto rascacielos de la nueva Nueva York, pero sí lo era para él, para la vieja Nueva York. Sonrió al ver que su estrella seguía ahí y terminó su dibujo, un boceto rápido y modesto, pero cargado de sentimiento. Con las mismas recogió sus cosas y, acompañado de la brisa del invierno y de la caída de la noche, antes de que la ciudad hiciera despertar a los monstruos de la noche, se dirigió al amanecer, recolectando a su ciudad, su vieja Nueva York, en otro dibujo más.



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