30 de mayo de 2014



“Si alguno de vosotros, nenas, sale de esta isla, si sobrevivís al entrenamiento; Seréis como armas, ministros de la muerte, siempre en busca de la guerra. Pero hasta ese día sois una cagada. Lo más bajo y despreciable de la Tierra; ni siquiera algo que se parezca a un ser humano. Solo sois una cuadrilla de desgraciados, una panda de mierdas inútiles pasadas por agua. Como soy muy duro, se que no voy a gustaros; pero cuanto peor os caiga mejor aprenderéis. Soy duro pero soy justo y aquí no hay ninguna intolerancia racial, no desprecio a nadie porque sea negro, judío, latino o chicano. Aquí todos sois igual de insignificantes.”  Sargento de artillería Hartman - La chaqueta metálica (Stanley Kubrick)


Podeis ver todas las fotos de la cección "Stanley Kubrick" Aquí

Esto y mucho más.


19 de mayo de 2014

El pintor de vieja Nueva York




En el cielo gris que asolaba entre los edificios de la gran Nueva York caminaba un hombre de espalda curva, pesada, hombros grandes y barriga inexistente que cargaba una caja de pinturas. Caminaba de una punta a otra de la ciudad absorbiendo los colores en su mente. El amarillo de los taxis, el verde los semáforos, el rojo la de sangre en un portal… En su paseo llegó a Times Square. Oh bulliciosa y parapléjica calle, llena de edificios, ¡cuántos colores! ¡Cuántos olores! Sin duda aquel era EL LUGAR. Sacó su polvoriento cuaderno de dibujo amarilleado por el tiempo y un lápiz sin apenas punta mientras se dejaba tragar por la ciudad. Un coche pitaba alocado en un extremo y un joven invitaba a otro a un clásico perrito caliente en el otro extremo. Pasando una vista rápida a la avenida, el pintor se puso a hacer su trabajo. Una delgada línea perpendicular, una curva apretando más el pincel. De vez en cuando levantaba la vista para buscar su estrella, el Empire State Building. Hay humanos que se fijan en las constelaciones de verdad cuando andas perdidas, nuestro pintor no, nuestro sujeto utilizaba un edificio. ¿Por qué? Pues porque los edificios se construyen, se derriban, y se pone otro nuevo, pero el Empire State era la excepción por excelencia. Habían pasado años, ni siquiera el pintor logró ver como lo construían, y ahí seguía, quizás no fuera el más alto rascacielos de la nueva Nueva York, pero sí lo era para él, para la vieja Nueva York. Sonrió al ver que su estrella seguía ahí y terminó su dibujo, un boceto rápido y modesto, pero cargado de sentimiento. Con las mismas recogió sus cosas y, acompañado de la brisa del invierno y de la caída de la noche, antes de que la ciudad hiciera despertar a los monstruos de la noche, se dirigió al amanecer, recolectando a su ciudad, su vieja Nueva York, en otro dibujo más.



Sé fuerte (Séptima parte)


Meta: Busca tiempo apara conocer bien a las personas, para preguntarles acerca de su historia; escúchalas con atención.


Desde el momento en el Internet llegó a nuestras vidas se nos ha aportado el beneficio de conocer a gente desde incluso el otro lado del mundo. Y la verdad es que es algo que debo agradecer a montones. Antes, no hace mucho tiempo, cuando conocía a alguien ya viene a ser por Internet o en persona, enseguida pensaba “no te esfuerces, no le vas a gustar”, pero creo que eso ahora no es así. Conocer gente y abrirse a otras personas te puede salir bien o mal. Y en algunos casos a mí me ha salido bien, cabe decir que hay más mal que bien pero YOLO, y he llegado a conocer gente que, aunque con el tiempo hayan desparecido de mi vida, me han contado o mostrado historias dignas de aplaudir. Cuando conoces alguien no debes de fijarte en las primeras impresiones, pues estoy más que segura que todos escondemos mucho, bueno algunos. Así que siéntate, tomate una buena taza de café con ese persona, y escucha su historia. Merece la pena.

Love always, L.- 




6 de mayo de 2014

Poeta fantasma (retrato)


Caía la niebla sobre las cuatro paredes de la lúgubre habitación de aquel motel de París, la madera chirriaba a cada paso sigiloso y la lluvia creaba sintonía al panorama que aquella taciturna e insomne noche reflejaba la escena. En el centro del escenario, una cama de sábanas blanco roto llenas de girones y de dobleces. Sigamos subiendo, acompañando al olor de sudor, sangre y lágrimas que habían impregnado las mantas. Un poco más arriba ahí estaba, poeta fantasma, ensimismado en uno de sus libros, no desvelaré cual es os dejo que digáis uno al azar. Un rebelde cigarro sin encender prendía de sus labios, nunca encendía aquella arma, como dijo John Green “te pones el arma en la boca pero no dejas que te mate”, era una metáfora, pero no para el poeta, para él era solo un pasatiempo. Jugueteaba con el arma de un lado al otro de lo que daban de si sus rasgadas comisuras, acompañado de un lento movimiento para atusarse la barba de tres días siempre eternos. En sus manos, como ya he dicho, sostenía un libro mientras que su mano libre vagaba en busca de algo que entretener el lío que era su mente. Volviendo a bajar por la geografía del escenario se encontraba ella, hecha un ovillo sobre las piernas de su trovador y escuchando con atención las palabras que este levemente susurraba. La enseñaba palabras, luego la ayudaba a usarlas para así ser mordaz cual cuchillo de plata, y así era su vida: él leía, ella aprendía. Costaba creer que dos personas pudieran vivir así, a expensas de la desgracia que eran las vidas de cada uno. Él había huido de la Tierra a través de los libros y de las palabras que él mismo escribía, ella solo la bastó mirar en los penetrantes ojos del poeta fantasma para querer dejar todo atrás. Y no me refiero a que antes ella tuviera una vida, que el hombre fuera nada más que un capricho. No, ella realmente se había dejado llevar, por primera vez en su vida había dejado de pensar en demasía y se había centrado en escuchar al poeta fantasma, enseñándola a ser valiente, a ser fuerte. El solo se colocaba tímido entre las sábanas de la desordenada habitación, él seguía pasando de un lado al otro su cigarro y ella cerraba los ojos para dejarse oír por los sonidos: el sonido de él cuando dormía, ella lo vigilaba cual estrella siguiendo a su luna siempre en lo alto, el sonido de sus pasos tímidos y sobrios sobre la madera, el bullicio de la gente de París que vivía su vida como cualquier otra persona. Ella recolectaba palabras, sonidos, cualquier cosa que la hiciera no pensar en todo lo que no debía pensar. Y algo más.
-          - Espera –dijo ella, dando un salto.

Sin más dilación el telón de nuestra escena se elevó, las cortinas se abrieron de par en par e iluminaron las  suaves y delicadas manos del hombre, que sujetó con fuerza el libro que ambos habían oído esa noche y miró con estupor a la mujer.

-          - ¿Qué haces?

Ni siquiera se atrevió a contestarle, ella cerró los ojos y disfrutó del aterciopelado sonido de la voz del poeta y sonrió con dulzura, dejando una verdadera sonrisa de felicidad en aquella máscara que hace años se había obligado a llevar. Tomó entre sus manos una pequeña cámara de fotos, lo único y lo último que pudo llevarse antes de dejar todos sus problemas atrás. Él, consciente de las intenciones de su ama, se tapó la cara con el libro y rió a mandíbula batiente. “Cuando no estás mirando a las nubes” decía siempre él “te pasas el día entero haciendo fotos”. Y era cierto, porque ¿qué hay más eterno que una fotografía? Encima para ella, que era la que tomaba la imagen, sabía el significado de cada fotografía. Recordaba todos los instantes en las que ella y su cámara habían estado, presenciando todas sus idas, sus venidas, sus golpes, sus amores… Así pues le hizo una foto a nuestro poema fantasma, que por fin se atrevió a apartar el libro de su cara, pero no se lo dejó tan fácil, al fin y al cabo es un poeta y los poetas nunca lo ponen fácil.  Tomó a la joven de la mano y la tumbó a su lado, ella aprovechó mientras se volvía a empapar en su aroma a lluvia recién caída y giró la cámara para hacerse, juntos, una foto. Otro momento más capturado, otro recuerdo para el cajón de los no desastres.

Él murió antes que ella, recuerdo ver su alma flotar sobre los cimientos de una derrumbada por las bombas París. Recuerdo que se acercó a ella, tirados ambos en el suelo de una plaza ya sin nombre, y la abrazó por la espalda. Quedando solamente ella, su cámara, y las sabias palabras del poeta fantasma para seguir adelante.
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