20 de diciembre de 2013

Vietnam Sentimental


Querido M,
Perdona que me haya tomado cierto tiempo en contestar a tu mail. Sé que te dije que te respondería "a la velocidad del rayo" y, sin darme cuenta, ya estamos entrando en el tiempo de descuento de este 2013.
Qué locura esto de que se esté acabando ya el año. Precisamente ahora, justo cuando estaba cogiéndole el tranquillo a 2011. Antiguamente los años duraban más, ¿no? Ahora recién acabamos de aterrizar en 2013 y ya me siento como si estuvieran encendiendo las luces de la discoteca y echándonos a casa. Deberíamos pedir la hoja de reclamaciones. A veces pienso que la vida es un reloj de arenas movedizas.
Siento oír lo que me cuentas de lo tuyo con T.
Tampoco puedo decir que me sorprenda. Porque esta historia tuya con T es como un déja vu. No aprendes. Si el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra, tú, amigo mío, eres como Sísifo: te pasas la vida con la misma piedra, subiendo y bajando eternamente una colina. Y ya no sabes cuándo subes y cuándo bajas.

Puedo imaginarme la escena perfectamente en mi cabeza.

Viernes noche. Cena en un restaurante de moda que recomiendan en esa revista que siempre lees. Discusión sobre algún motivo nimio que se va envenenando por momentos. Silencio estrepitoso. Tensión en el aire. Pellizcos al pan. Miradas de reproche. Sonrisa sardónica de ella al camarero. Ruido de cubiertos. Tragos amargos de vino. Esas palabras que nunca quieres decir y que tratas de recuperar con cazamariposas nada más salir de tu boca. Vagos sentimientos de culpabilidad. Deseos de tener bajo la silla un botón de EJECT que te catapulte a 14.000 kilómetros de ahí.

Y una pregunta.

Una pregunta que te atraviesa de lado a lado como una espada de acero toledano. Una pregunta que no te atreves a pronunciar en voz alta. Pero que puedes saborearla en el paladar. Y tiene cierto regusto a hierro. Como la sangre.

¿Pero-qué-cojones-estoy-haciendo-aquí?

Ah, querido amigo...
Estás atrapado, una vez más, en tu Vietnam Sentimental.
No sabes ni por dónde te pega el aire. Las balas silban a tu alrededor, el ruido es ensordecedor y, por mucho que mires, no aparecen refuerzos que te saquen de ahí. Cualquier paso en falso y una mina te convertirá en confeti. No sabes ya ni por lo que estás luchando. Y si acaso merece la pena.
Los besos saben a Napalm
en tu Vietnam sentimental
Los anglosajones tienen un nombre para esto porque los anglosajones tienen un nombre para todo: The fog of war (La niebla de la guerra). Dícese de ese estado de confusión, desorientación y aturdimiento en medio de la batalla, fruto de la polvareda que produce el cuerpo a cuerpo, que hace perder por completo la perspectiva de la guerra.

Y tú, amigo, viniste de serie sin faros antiniebla.

Y recuerdas. Recuerdas nítidamente esa tarde en Madrid, en un bar con pretensiones londinenses, cuando aquel amigo te advirtió muy seriamente: no te vuelvas a meter en esa guerra. Pero tú ya no escuchabas nada. A lo lejos se podían oír  tambores de guerra, ruido de sables y cañonazos pero tú los interpretaste como los compases de Danza Kuduro. Y ahí que te lanzaste. Como uno de esos concursantes de la televisión que se ciegan por el bote que pueden ganar. Y no atienden a razones.

QUE SÍ. QUE ME LA JUEGO. QUE YO HE VENIDO AQUÍ A JUGAR. QUE SATURNO ES EL PLANETA MÁS ALEJADO DE LA TIERRA. QUE LO VI EN UN DOCUMENTAL DEL DISCOVERY CHANNEL. QUE SÍ. HAZME CASO. MARCAMOS SATURNO.

Y no. Nunca es Saturno. De hecho, la respuesta correcta está a mil jodidas millas de Saturno.
Te lo advirtieron. Y no hiciste caso. Porque pensabas que clavarías la bandera en territorio comanche con un par de cócteles antes de cenar, discos de Nina Simone y domingos de café para llevar. Que te conozco, zorro. 

Pero no eres tonto. De hecho, tienes muy poco de tonto. En el fondo, sabías que era complicado. Sabías que te metías en una guerra. Pero sentías ese deber patriota que te inflamaba el pecho. Porque tu patria eran sus caderas y sus labios rojos, tu bandera. Tenías que luchar por lo que era tuyo.
Y te metiste. Vaya si te metiste.
Y ahora te encuentras con disparos, fuego cruzado, emboscadas y destrucción.
Portazos. Escenitas. Llantos.

The horror. The horror... como musitaba Marlon Brando en Apocalypse now.

Y la salida más digna que contemplas ahora mismo es salir corriendo aún a riesgo de recibir un disparo en las posaderas, como Forrest Gump, mientras te bates en retirada, sin mirar atrás, emprendiendo una huida desesperada, lejos de disparos y explosiones.
Y sé que ahora te sientes exactamente igual que en esa canción de Pulp que nos pusieron al cerrar aquel bar turbio cerca de Gran Vía en el que solo quedábamos 4 matados. "Like a friend". Esa canción tan magistral que se convierte en un auténtico misil a partir del minuto 1:50 y con la que tú te pusiste a imitar a Jarvis Cocker bailando en el videoclip.

You are the last drink I never should have drunk
You are the body hidden in the trunk / You are the habit I can't seem to kick
You are my secrets on the front page every week
You are the car I never should have bought
You are the dream I never should have caught
You are the cut that makes me hide my face
You are the party that makes me feel my age
Like a car crash I can see but I just can't avoid
Like a plane I've been told I never should board
Like a film that's so bad but I've got to stay till the end



Nadie imita a Jarvis Cocker entre las 2 y las 3 de la mañana como tú. Nadie mueve así la cadera.


Sí, todos hemos estado en un Vietnam Sentimental alguna vez.
Batallas perdidas antes de empezar.

Pero esto no es lo grave, amigo.
Y lo sabes.
Lo más grave es que dentro de unos días, en Navidad, cuando te encuentres postrado en la cama de un hospital de campaña para veteranos, convaleciente de estas heridas de guerra, ya empezarás a maquinar cómo volver al campo de batalla.
Otra vez.
Y, como en esas película de acción tan malas de Antena 3, con esos actores que piensas "¿Pero qué harán estos tíos con su vida? ¿Tendrán otro trabajo? ¿El director se habrá pegado un tiro tras rodar esta basura inmunda?", te arrancarás todos los tubos, las máquinas empezarán a pitar frenéticamente y te pondrás a duras penas en pie con ese pijama ridículo mientras sale a tu paso una maternal enfermera con cofia y pinta de hacer galletas caseras con forma de árbol de navidad.
Aún no está recuperado. No haga locuras. Vuelva a la cama. Deje ese móvil. Aún es demasiado temprano. Necesita descansar. Voy a llamar a seguridad.
Pero le dedicarás tu mirada magnum, esa sonrisa tuya de medio lado y le espetarás un solemne:
Vuelvo a la guerra. Y que me cosan a balazos.
Y saldrás por la puerta.
Y tus amigos te volveremos a mirar como si fueras un trapecista borracho a punto de ejecutar un triple salto mortal.
- Relaja, Rambo. Tómate tu tiempo. Deja que cicatricen un poco las heridas de la última vez.
- ¿Esto? Si no es nada. Un arañazo sin importancia.
- Te puedo ver el páncreas desde aquí.
- Ah. Esto. Correcto. Pero esta vez va a ser todo diferente. Ya verás.
Pero no me malinterpretes. No creas que todo esto es un "te lo dije". Tampoco te estoy aconsejando nada en concreto sobre lo que tienes que hacer porque no tengo ni idea.
Te escribo estas líneas para decirte, simplemente, que admiro todo esto. Sí. Admiro esa forma tuya de obviar el peligro, esa fuerza y esas ganas que siempre tienes para meterte en fregados y jardines aún a sabiendas de que vas salir escaldado. Esa mezcla de valentía y locura en proporciones similares a las del vermut y la ginebra en el martini. Puede ser que no siempre aciertes. Aún me acuerdo cuando nos hiciste perder un quesito naranja al Trivial porque te empeñaste en que cada equipo de polo tenía 12 jugadores. Sí. Hacía falta un puto ejército de caballería para organizar un partido de polo según tu teoría. Pero insististe y nos convenciste a todos. O nos rendimos y sacamos la bandera blanca.

Y así es como cómo defiendes en lo que crees a muerte. Tus proyectos, tu trabajo, tus ideas y tus convicciones. Así es tu día a día. Y eso, en cierta forma, es admirable.
Si la vida es una fiesta en una piscina, yo estoy en el borde, con albornoz, sacando una muestra de agua para enviarla al laboratorio y que me digan la composición química exacta, a la vez que me meto con enAccuWeather para ver qué tiempo va a hacer por la tarde y evitar un resfriado. Y tú, mientras tanto, te tiras desde el balcón de la casa de enfrente, aún sin saber la profundidad y siendo altamente probable que te dejes los dientes contra el bordillo.

Pero que nadie te diga que no lo intentaste.
Es importante vivir así. Como si esto fuera un Vietnam. Creo que va a ser mi único propósito para 2014.

Hace no mucho leí en "Memorias líquidas", de Enric González, este párrafo que cierra el libro.
Y me acordé de ti.


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