15 de julio de 2013

This is love is finnish jet.



No se enamore nunca de ninguna criatura salvaje, Mr. Bell. -
Desayuno en Tiffany´s
Hace muchos años conocí a una chico en uno de esos viajes sin billete de vuelta. Era muy divertido, robaba botellas de vino del comedor de su casa y me dejaba siempre algún disco diciendo "Tienes que escuchar esto", mientras me clavaba aquellos ojos encendidos, como si fuéramos dos espías en la Viena de la II Guerra Mundial y me estuviera entregando un microfilm con información crucial para el devenir de la humanidad.

¿Qué cómo se llamaba?
Pongamos que Mafalda.

Mafalda iba por la vida como un funambulista, con un pie dentro y otro fuera. Siempre por el lado salvaje de la vida. Muy Lou Reed.
Mafalda fumaba. Claro que fumaba. Los chicos como Mafalda siempre fuman. Eso es algo que va con el personaje. Pero nunca olía a tabaco. Él jamás lo habría permitido.

Enamorarse de Mafalda era algo inevitable. Tenía seis balas en el tambor de ese revólver que tenía por alma y todos mis amigos y yo fuimos cayendo como moscas.

Bang, uno. Bang, dos. Bang, tres. Bang, cuatro. Bang, cinco. Bang, seis.

Y todo olía a pólvora, a cerilla apagada y a su colonia.

Una trataba de no caer en su tela de araña pero acababa enredado por todos lados. Caíamos. Caíamos con la delicadeza de un piano de cola desde un ático. Como elefantes por el desfiladero de las Termópilas. Así caíamos.
Y lo peor es que ni te dabas cuenta. ¿Yo? Ja, ja, ja. No pienso caer, decías confiado. No. Niet. Nunca. Jamás. Never. Pero éramos las 10 negritas de Agatha Christie: nuestro fatal destino ya estaba escrito.
ÉL me veía como una chica estupenda para charlar de discos y tomarnos unas copas. Yo lo veía a él como un chico estupendo para curar con Betadine los arañazos en las rodillas de alguno de los 25 hijos que planeaba tener con él.

Siempre lograba encontrar una o doce maneras de escapar descalzo por la puerta de atrás de mi vida.
Nunca nos peleamos por Mafalda. Porque no tuvimos oportunidad. Habría sido como pelearse por ver a quién le ilumina más la luna. Era una disputa estéril. Él vivía en una huida constante y nosotras íbamos detrás a lomos de un caballo de tiovivo.
Mafalda era como Moby Dick. Si él leyera que le estoy comparando con una ballena probablemente me arrancaría el corazón, como en esa escena de Indiana Jones, y me lo pasaría por la termomix. ¡Una ballena! Qué desfachatez. Con lo presumida que era él.
Pero cuando digo que era como Moby Dick es porque era raro, diferente a todo, único. Y todas le perseguíamos por eso. Y él te arrastraba hacia el fondo del mar, como al capitán Ahab.

Siempre digo que mi móvil favorito era un lamentable Motorola que ya estaba desfasado antes de que saliera al mercado. De formas bastas y rotundas, era perfecto como arma arrojadiza. No tenía pantalla táctil, ni cámara, ni juegos, ni internet ni nada remotamente útil. Pero tenía los mensajes de Mafalda. Esos mensajes que releía sin darme cuenta y que en 140 caracteres encerraban risas, historias y enigmas.

Cuando recibía un mensaje de Mafalda, me ponía de rodillas, como si celebrara el gol del minuto 116, mirando al cielo, I belong to Jesus, y daban ganas de descorchar una botella de champán y beber de ella y luego ir haciendo la conga a celebrarlo.

Una noche de verano en Madrid volvía andando con él cerca de Cibeles. Hacía calor, la ropa se nos pegaba al cuerpo y estaba amaneciendo. Y me dijo lo mucho que le apetecería bañarse en la Cibeles. Y yo no podía dejar de imaginármelo como en La Dolce Vita.


Mafalda fue quién me enseño que Frank Sinatra era puro rock and roll. Ponía un vinilo heredado de su padre. Y bailaba. Lento. Siempre muy lento.

Hubo una época en la que tenía que dar la vuelta a los libros de mi estanterías que Mafalda me había regalado. Porque no me dejaban dormir. Eran como amenazantes ojos de una serpiente en mitad de la oscuridad de mi cuarto. O como el puto tic tac de uno de esos Swatch que no te dejan pegar ojo.

Mafalda siempre vivía de noche. Vivimos de noche y bailamos rápido para que no nos crezca la hierba bajo los pies. Ese es nuestro credo. Pero no me estoy refiriendo a que acabara en la tarima de un after bailando "La mayonesa". Hablo de otra cosa.
Hablo de que siempre tenía una última bala. Un último baile. Una última copa. Una última canción.

Su vida era siempre un gol en el descuento. Un permanente acto de locura como subir a rematar un corner con el portero. Hablo de echar un pulso al día hasta caer desfallecido en la cama. De no rendirse nunca. De rebañar el plato, aprovechar la última gota de la botella de vino y Carpe that fucking Diem. De como cuando eras niño y sorbías como un chupóptero las últimas gotas de tu batido.  De cuando no pensabas nunca en el mañana. De cuando leías con la linterna debajo de la cama cómics de Asterix y Tintín hasta que se te cerraban los párpados. De cuando te revolvías como gato panza arriba para no irte a dormir.

Siempre me recordó al personaje de un cuento de Hemingway que decía: Yo soy uno de los que les gusta estar en los cafés hasta que cierran. Con los que nunca se van a dormir. Con los que necesitan una luz por la noche.



Mafalda siempre se reía con los cosas que le escribía. Se reía fuerte y se le marcaban los músculos del cuello y parecía que en cualquier momento iba a entrar en autocombustión.

Tienes que escribir, escribir y escribir. Y cuando te canses, escribe más. Y escribe. Y escribe. Y escribe. Nunca lo dejes.
Porque lo más importante en esta vida es encontrar lo que te gusta.

Y entonces, dejar que te mate.

Perdí la pista a Mafalda. No sé en qué andará metido.

En una ocasión leí que la gente que más te ayuda es la que entra y sale de tu vida, como un fantasma. Como Mafalda.

En estos días de invierno disfrazados de primavera, en los que uno puede escuchar la lluvia cayendo en el corazón, me acuerdo de "Rain in my heart" de Sinatra.



Y pienso en Mafalda. Y pienso si sigue dejándose matar por aquello que le gusta.


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