21 de julio de 2013

I love the way you lie


Odio esto, esto y todos los que se creen saber lo que es, lo que se siente. No tienen ni idea y fingen comprenderte, que se identifican, una mierda. Si alguien supiera lo que es sentir esto no lo dirían por ahí. Si tú supieras la frustración que se siente tus ojos estarían rojos de derramar lágrimas en este momento. Simplemente no lo sabes, no lo comprenderías ni aunque te lo explicara. Tú, que vives en un mundo de color de rosa, como lo vas a entender? Si, has estado triste, pero porque conoces la felicidad, conoces el amor, estar enamorado. No sabes la suerte que tienes, los idiotas enamorados que se quejan por el dolor sufrido, decís que no hay nada peor. Eso es porque no conocéis esto, vosotros tenéis la capacidad de amar y os quejáis de poder sentir lo más bonito del mundo, es patético. Lo peor es quererlo y que nunca llegue, creer en el amor, haberlo visto, pero no sentido. Amar historias de amor, películas, series, libros pero no sentirlo en una persona, eso es lo verdaderamente doloroso. Ni siquiera puedes imaginar lo duro que es esperar algo que nunca llega, sentirte vacía por dentro, y preguntarte si la culpa es tuya, si no tienes sentimientos, y darte asco. Asco a ti mismo. Asco por no ser como los demás, saber querer pero no amar, llorar en cada escena de amor más por envidia que por lo emotiva que sea. Hay muchos dolores en esta vida, y los de amor son duros, seguro, pero no hay peor dolor que el de no sentir nada.


Sigue mintiendo.

15 de julio de 2013

This is love is finnish jet.



No se enamore nunca de ninguna criatura salvaje, Mr. Bell. -
Desayuno en Tiffany´s
Hace muchos años conocí a una chico en uno de esos viajes sin billete de vuelta. Era muy divertido, robaba botellas de vino del comedor de su casa y me dejaba siempre algún disco diciendo "Tienes que escuchar esto", mientras me clavaba aquellos ojos encendidos, como si fuéramos dos espías en la Viena de la II Guerra Mundial y me estuviera entregando un microfilm con información crucial para el devenir de la humanidad.

¿Qué cómo se llamaba?
Pongamos que Mafalda.

Mafalda iba por la vida como un funambulista, con un pie dentro y otro fuera. Siempre por el lado salvaje de la vida. Muy Lou Reed.
Mafalda fumaba. Claro que fumaba. Los chicos como Mafalda siempre fuman. Eso es algo que va con el personaje. Pero nunca olía a tabaco. Él jamás lo habría permitido.

Enamorarse de Mafalda era algo inevitable. Tenía seis balas en el tambor de ese revólver que tenía por alma y todos mis amigos y yo fuimos cayendo como moscas.

Bang, uno. Bang, dos. Bang, tres. Bang, cuatro. Bang, cinco. Bang, seis.

Y todo olía a pólvora, a cerilla apagada y a su colonia.

Una trataba de no caer en su tela de araña pero acababa enredado por todos lados. Caíamos. Caíamos con la delicadeza de un piano de cola desde un ático. Como elefantes por el desfiladero de las Termópilas. Así caíamos.
Y lo peor es que ni te dabas cuenta. ¿Yo? Ja, ja, ja. No pienso caer, decías confiado. No. Niet. Nunca. Jamás. Never. Pero éramos las 10 negritas de Agatha Christie: nuestro fatal destino ya estaba escrito.
ÉL me veía como una chica estupenda para charlar de discos y tomarnos unas copas. Yo lo veía a él como un chico estupendo para curar con Betadine los arañazos en las rodillas de alguno de los 25 hijos que planeaba tener con él.

Siempre lograba encontrar una o doce maneras de escapar descalzo por la puerta de atrás de mi vida.
Nunca nos peleamos por Mafalda. Porque no tuvimos oportunidad. Habría sido como pelearse por ver a quién le ilumina más la luna. Era una disputa estéril. Él vivía en una huida constante y nosotras íbamos detrás a lomos de un caballo de tiovivo.
Mafalda era como Moby Dick. Si él leyera que le estoy comparando con una ballena probablemente me arrancaría el corazón, como en esa escena de Indiana Jones, y me lo pasaría por la termomix. ¡Una ballena! Qué desfachatez. Con lo presumida que era él.
Pero cuando digo que era como Moby Dick es porque era raro, diferente a todo, único. Y todas le perseguíamos por eso. Y él te arrastraba hacia el fondo del mar, como al capitán Ahab.

Siempre digo que mi móvil favorito era un lamentable Motorola que ya estaba desfasado antes de que saliera al mercado. De formas bastas y rotundas, era perfecto como arma arrojadiza. No tenía pantalla táctil, ni cámara, ni juegos, ni internet ni nada remotamente útil. Pero tenía los mensajes de Mafalda. Esos mensajes que releía sin darme cuenta y que en 140 caracteres encerraban risas, historias y enigmas.

Cuando recibía un mensaje de Mafalda, me ponía de rodillas, como si celebrara el gol del minuto 116, mirando al cielo, I belong to Jesus, y daban ganas de descorchar una botella de champán y beber de ella y luego ir haciendo la conga a celebrarlo.

Una noche de verano en Madrid volvía andando con él cerca de Cibeles. Hacía calor, la ropa se nos pegaba al cuerpo y estaba amaneciendo. Y me dijo lo mucho que le apetecería bañarse en la Cibeles. Y yo no podía dejar de imaginármelo como en La Dolce Vita.


Mafalda fue quién me enseño que Frank Sinatra era puro rock and roll. Ponía un vinilo heredado de su padre. Y bailaba. Lento. Siempre muy lento.

Hubo una época en la que tenía que dar la vuelta a los libros de mi estanterías que Mafalda me había regalado. Porque no me dejaban dormir. Eran como amenazantes ojos de una serpiente en mitad de la oscuridad de mi cuarto. O como el puto tic tac de uno de esos Swatch que no te dejan pegar ojo.

Mafalda siempre vivía de noche. Vivimos de noche y bailamos rápido para que no nos crezca la hierba bajo los pies. Ese es nuestro credo. Pero no me estoy refiriendo a que acabara en la tarima de un after bailando "La mayonesa". Hablo de otra cosa.
Hablo de que siempre tenía una última bala. Un último baile. Una última copa. Una última canción.

Su vida era siempre un gol en el descuento. Un permanente acto de locura como subir a rematar un corner con el portero. Hablo de echar un pulso al día hasta caer desfallecido en la cama. De no rendirse nunca. De rebañar el plato, aprovechar la última gota de la botella de vino y Carpe that fucking Diem. De como cuando eras niño y sorbías como un chupóptero las últimas gotas de tu batido.  De cuando no pensabas nunca en el mañana. De cuando leías con la linterna debajo de la cama cómics de Asterix y Tintín hasta que se te cerraban los párpados. De cuando te revolvías como gato panza arriba para no irte a dormir.

Siempre me recordó al personaje de un cuento de Hemingway que decía: Yo soy uno de los que les gusta estar en los cafés hasta que cierran. Con los que nunca se van a dormir. Con los que necesitan una luz por la noche.



Mafalda siempre se reía con los cosas que le escribía. Se reía fuerte y se le marcaban los músculos del cuello y parecía que en cualquier momento iba a entrar en autocombustión.

Tienes que escribir, escribir y escribir. Y cuando te canses, escribe más. Y escribe. Y escribe. Y escribe. Nunca lo dejes.
Porque lo más importante en esta vida es encontrar lo que te gusta.

Y entonces, dejar que te mate.

Perdí la pista a Mafalda. No sé en qué andará metido.

En una ocasión leí que la gente que más te ayuda es la que entra y sale de tu vida, como un fantasma. Como Mafalda.

En estos días de invierno disfrazados de primavera, en los que uno puede escuchar la lluvia cayendo en el corazón, me acuerdo de "Rain in my heart" de Sinatra.



Y pienso en Mafalda. Y pienso si sigue dejándose matar por aquello que le gusta.


I wish you where with me right now.


Es difícil a veces mantener la misma pasión creativa durante años. Máxime cuando lo de fuera se cuela sin querer en tu interior, como un virus, y te bloquea las ganas.  Durante años me he sentido libre con mi máquina y con mi vida, pagando con creces mis facturas, dejando propina en los bares o, en última instancia, confiando en el sistema sanitario. Vivía en un mundo ajeno, muy propicio para esto de la creatividad literaria ya que, entre otras cosas, el gobierno de turno no molestaba demasiado ni se colaba en mi casa. Y es que para escribir, para centrarme en cualquier historia, sólo necesito que todo lo demás me importe un carajo.
De un tiempo a esta parte he dejado de sentirme libre, al menos no como antes. Ahora muchos de mis textos me resultan más forzados porque a veces me cuesta un riñón centrarme en ellos o dotarlos de la frescura de quien no le tiene miedo a nada. Le he dado mil vueltas a esto y os podrá sonar a excusa, pero creo que la culpa, en gran medida, la tiene el clima social que ahora estamos sufriendo. No puedo evitar que me afecte estar gobernado por una banda de sinvergüenzas sin escrúpulos que tapan sus miserias a la vez que desmantelan los pilares básicos del bien común: la sanidad pública, la educación, las pensiones. O mientras despido a mis amigos de siempre o a familiares directos, gente formadísima, porque no les queda otra que emigrar. Me es imposible encender la tele, o la radio, o leer periódicos, o charlar con usuarios de mi taxi sin que me hierva la sangre. Todo a mi alrededor es pesimismo y resulta difícil aislarse de eso. Resulta difícil encender el ordenador y darle a la tecla sin que se cuele, aunque sea sólo por una rendija, ese fango acumulado. Lo sigo intentando, amo esto, pero es difícil.
¿Solución?


In case you change your mind I'll be waiting here


El túnel que lleva al centro de la ciudad tiene algo especial. De noche, es magnífico. Simplemente magnífico. Empiezas a un lado de la montaña, y está oscuro, y la radio está a todo volumen. Al entrar en el túnel, el viento desaparece y las luces del techo te hacen entornar los ojos. Cuando te adaptas a las luces, puedes ver a lo lejos el otro lado mientras el sonido de la radio se atenúa hasta desaparecer porque las ondas no llegan hasta allí. Entonces, estás en medio del túnel, y todo se transforma en un sueño tranquilo. Aunque ves cómo se acerca la salida, parece que tardas muchísimo en llegar. Y por fin, cuando ya pensabas que nunca llegarías, ves la salida justo delante de ti. Y la radio vuelve con más potencia de la que recordabas. Y el viento te está esperando. Y sales volando del túnel para llegar al puente. Y ahí está. La ciudad. Un millón de luces y edificios y todo parece tan emocionante como la primera vez que la viste. Es verdaderamente una gran entrada en escena.
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