22 de junio de 2013

No more teenages dreams.

Lo único que odio de las relaciones es el final de ellas, como todo el mundo supongo. No solo por el hecho de que se acabe, de saber que ya no se repetirán todos esos buenos momentos. Es más lo que pasa después de la aceptación. Cuando dos personas, después de pasar miles de momentos preciosos juntos, se convierten en desconocidos. Muchas veces hay suerte y se acaba como amigos, pero las veces que no es así son realmente tristes. Pueden ser desconocidos a secas, se ven y no se hablan, a veces se saludan. Desconocidos lejanos, se cambian los números, se evitan mutuamente y rezan para no verse. O, lo peor, desconocidos rencorosos, donde lo único que se espera es el primer ataque para empezar una guerra. Porque cuando queda rencor siempre hay uno que tira la primera piedra. Golpea de una manera directa y provoca una respuesta, el comienzo de la batalla. Ser amigos siempre es mejor, pero personalmente yo no prefiero ninguno de los tres tipos, porque sé que sobreviviría a todos. Sin embargo, para la persona que ya no esté conmigo, desearía que no fuera el tercero. Porque si alguien me conoce bien sabe que si me tira una piedra, yo podría enterrarle entre montones de ellas.



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