14 de marzo de 2013

Hablemos de langostas.



Todos los que pertenecemos a la misma generación compartimos una serie de virtudes y defectos que llevamos por bandera. Para bien o para mal. Algunos dicen de mi generación que somos los más preparados. Tal vez, me temo, sea mejor prescindir del -pre y dejarlo en los más parados.
Otros dicen que no tenemos aguante. Que somos unos conformistas. Que no leemos. Que no sabemos arreglar cosas. Que no entendemos de música. ·Que nos gastamos en drogas la arena de los sueños y la pasta de la revolución", como canta Pablo Moro. Que somos unos blandos. Que si patatín. Que si patatán.
Pues bueno. Pues vale. Pues me alegro. No voy a entrar en sesudas disquisiciones sobre qué generación es mejor o peor ni tampoco seré yo la que valore otras generaciones, achicando espacios y escurriendo el bulto.

A mí me gusta mucho mi generación. Y punto. Esa generación que iba medio autista con los walkman y los Replacements sonando a todo volumen, la que ingirió cantidades industriales del peligrosamente adictivo TANG y la que se crió con un Darth Vader con la voz de Constantino Romero.
Era imposible que saliéramos medio normales. 
Pero, al margen de todo esto, si hay una peculiaridad que nos une y que nos hace en cierta forma especiales (aún no sé si para bien o para mal), es que somos una generación capaz de comparar cada momento de nuestras vidas con un episodio de FRIENDS o de Los Simpsons.

Este fenómeno es tan inexplicable como extendido y no deja de resultar fascinante esa rapidez mental con la que acudimos a nuestro archivo mental de capítulos de estas dos series para establecer paralelismos (e incluso extraer conclusiones) para cualquier asunto cotidiano de nuestro día a día. Para cada situación, trivial o vital, siempre hay un capítulo de Friends o Los Simpsons que refleja, minuciosamente y carcajada mediante, esa misma historia. Así somos. 




Y me siento orgullosa, no crean. Pensaba justo en esto el otro día, cuando estaba en uno de esos tugurios nocturnos de suelo pegajoso y copas infames que insisto en seguir visitando por Dios sabe qué oscura razón. Mientras me posicionaba en la barra para pedir algo con graduación alcohólica que echarme al gaznate, sacando codos, al más puro estilo Dennis Rodman tratando de capturar un rebote, me encontré con una amiga a la que hacía bastante tiempo que no veía. Mi amiga pertenece a esa clase de chica muy guapa (extremadamente guapa) y muy lista (extremadamente lista) pero que, por algún extraño misterio que nadie alcanza a comprender, siempre anda embarcada en alguna relación tormentosa y traumática.

La vida sentimental de mi amiga es como un tango: hay pasiones, traiciones, enfados, gritos, peleas, lloros , dramas y triángulos de amor bizarros. Así pues, entre empujones y codazos, empezó a contarme su último culebrón: una turbulenta historia de amor en la distancia con infidelidades, sufrimientos y demás aditivos que convertirían "Esplendor en la hierba" es una simpática comedia de amor adolescente. Y serían las copas, el cansancio, los recuerdos o que sonaba de fondo la espantosa "Te pintaron pajaritos", pero la cuestión es que casi se puso a llorar. O sin el casi. Confessions on a dance floor.

En este tipo de situaciones mi capacidad de reacción es bastante lenta. No sé qué se espera de mí. No creo que sea lo más elegante zanjar el asunto con ese par de palmadas que solemos dar en la espalda al amigo de turno de bajón y que debemos pensar entre nosotros que tienen un efecto milagroso, como si fuéramos capaces de curar la lepra mediante la imposición de manos. En esas situaciones, con una chica, mi rapidez de reflejos es similar a la de un oso disecado. Y entre sollozos me dijo:"Es que no encuentro a mi media naranja".

Mi.
Media.
Naranja.

Lo cierto es que si hay una expresión que detesto (aparte de todas las canciones de Justin Bieber, los atascos, la frambuesa en la tarta de queso, los libros sin marcador de páginas, la nata en el café, los anuncios de detergentes y Mercedes Milá), es ésta: la de la media naranja.
Lo siento, pero no puedo con ella. Es algo superior a mis fuerzas. El día que me muera, de hecho, quiero que en mi lápida quede escrito: "Aquí reposa El Invierno: buena chica, leal novia y apasionada de la música que combatió ferozmente el uso de la expresión "mi media naranja" hasta el fin de sus días".

Volvamos a mi amiga. Mientras me relataba sus tribulaciones, tropiezos sentimentales e injusticias masculinas, que estaban a punto de hacer que abandonara todo tipo de esperanza en el sexo opuesto (esto es, en el mío) y meterse en un convento de monjas del Corpus Christi a hacer pastas, lo de la media naranja seguía rondándome la cabeza. 

Ella buscaba una respuesta.
Yo no sabía qué decir.
Ella lloraba.
Yo miraba hacia los lados buscando una salida.
"Te pintaron pajaritos en el aire" continuaba sonando a todo volumen.

Era, en definitiva, una situación incómoda. Pero había que ser honestos. Brutalmente honestos.

Sabía que no iba a poder arrojar mucha luz a su tormentosa vida amorosa. No había ninguna amiga suya cerca para soltar un manido "Jo, tía, pasa de él". Me negaba a recurrir a esa cursilada  de que su "Príncipe Azul" ya aparecería, como si hubiera perdido el último metro pero fuera a aparecer enseguida, porque ésos de leotardos solo aparecen en los cuentos de Disney, generalmente compartiendo escenas con un jabalí que habla o un candelabro que domina el francés lo cual, llámenme escéptica, no hace sino alimentar mi teoría de que no existe tal príncipe.

Yo solo quería que cambiara eso de la media naranja. Porque las medias naranjas no sirven para nada. Son iguales entre sí y su única finalidad en la vida es ser exprimidas para su consumo inmediato, porque si no se oxidan, se le van las vitaminas y no sirven para nada. Y de ahí, directas al cubo de la basura.
Casi preferiría un medio limón: algo con un toque ácido, de gin tonic en gin tonic.

Pero nunca una media naranja. Eso jamás.

Y, mientras pensaba alguna cosa que decir a mi amiga,  algo hizo clic en mi cabeza. Y me acordé de nuestros clásicos FRIENDS (no Sócrates ni Platón) y de una broma que siempre me hace siempre otro amigo, que ve aproximadamente una temporada de Friends por semana, en bucle (y no, no es broma. Así que el único consejo que di a mi amiga, probablemente inútil, fue que se olvidara de medias naranjas, de personas iguales, de novelas de Federico Moccia, de Jude Law en The Holiday, de encontrar a alguien con los mismos gustos, opiniones y preferencias, y que buscara por ahí a su media langosta.

Sí, su media langosta.

Alguien con quien le guste pasear. Y punto. Como esas "venerables langostas" de las que habla Phoebe. Y sin pedir peras (ni medias naranjas) al olmo. Alguien divertido con quien andar del restaurante a tomar copas o de vuelta a casa. Alguien agradable con el que hacer un trayecto en coche por las mañanas. Alguien con quien ir de compras al supermercado no sea un suplicio. Alguien con quien la cola del cine se haga corta. Alguien con quien sea agradable ir andando hasta al dentista.

Sólo eso. Tan sólo eso. Simplemente eso. 

Porque la vida, al fin y al cabo, no es más que eso: un paseo.
Al menos que sea divertido, ¿no? No sé si ayudé en algo a mi amiga con esto de las langostas. Pero tal vez le sirva para que no le pinten más pajaritos en el aire.



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