6 de octubre de 2012

Salud, cabeza, arte, y alma


Abre cualquier diario por cualquier página al azar. Lee cualquier sección de Sociedad, o llámalo Gente, o Tendencias, o cualquier revista del corazón. Verás que todas, absolutamente todas, intuyen un solo mensaje: el dinero da la felicidad. Leerás historias de cenicientas que se casan con navieros, de humildes matrimonios agraciados con el euromillón, de estudiantes con granos que venden por fortunas sus ideas, listas Forbes, parados que ganan concursos de la tele (y marcan en negrita el dinero ganado, o los discos vendidos), o los orígenes humildes de J. K. Rowling antes de escribir su primer Harry Potter, mujer cuya fortuna ya supera a la mismísima reina de Inglaterra. Fíjate en la palabra: fortuna. A los muchos ceros lo llaman “fortuna”.
Lo malo es que al leer estas noticias no puedes evitar emocionarte: Si ellos pudieron yo también podría. Dinero. Aparecen en fotos sonriendo. Dinero. Posando en el (inmenso a la par que hortera) salón de su casa. Dinero. Asocias: triunfo = dinero. Evolución = dinero. Golpe de suerte = dinero. Felicidad = dinero. Jamás verás en las noticias a un granjero de Tordesillas explicando el secreto de su dicha. Jamás verás gráficas del volumen de antidepresivos en función de la renta. Eso no vende. Sólo vende el dinero, o más bien la ilusión por tenerlo. La esperanza del triunfo, evolución, golpe de suerte, felicidad plena = dinero.
Yo ahora gano el dinero justo para mantenerme. Un par de trabajos rápidos por aquí, unos textos al peso por allá, y alguna que otra colaboración son mi enclenque patrimonio. Adoro mi trabajo y lo siento por ti, amigo Forbes, pero no me gustan los lujos. Tampoco juego nunca a la lotería por mi miedo irracional a que me toque y convertirme sin querer, como tantos otros, en una completa gilipollas. Me gusta la cerveza, pero no es cara. Me gustan tus besos, esos son gratis. Y hacer el amor, por supuesto. Y leer tampoco es caro si renuncias a las primeras ediciones encuadernadas en piel de robo. Y echarme unas risas. Me río mucho. Y hablar. Y escuchar al que tiene algo chulo que decir. Y escribir por encima de todo lo anterior. No se necesitan grandes sumas para nada de eso. No quiero más. No necesito más. Que no me intenten vender más.
Ha llegado el momento de decir que el dinero me aburre, que los periódicos me aburren, que las revistas que demuestran un solo estilo de vida, un solo fin, me aburren. Sé que el dinero es necesario, pero no tanto. Ni quince cuartos de baño, ni yates fálicos, ni fundas Louis Vuitton para el iPad. 
Salud, cabeza, arte y alma. Eso es todo.


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