2 de mayo de 2012

TU ombligo



Lo fácil, lo estúpido, es blindarse. No tienes más que mirarte al espejo y trazar un círculo alrededor de tu ombligo: yo soy el bueno: los que son como yo son los buenos: los distintos a mí, a nosotros, son el enemigo, los culpables de todos nuestros males. Si tu ombligo es blanco, los negros son inferiores a nosotros (y quien dice negros dice mestizos, o sudacas, o putos mexicanos si eres gringo). Si eres hombre y te gustan las mujeres, los gais son perversos, aberrantes, enfermos (aunque tienen cura para ser normales, es decir, como yo: porque yo soy ”lo normal”, el punto de referencia del mundo hermético que me he creado). Si naciste en España, los que vinieron de fuera y tuvieron la indecencia de enfermar en suelo ajeno, a la hoguera con ellos. Que se larguen de ”mi” país.
Lo verdaderamente estúpido es que no se refieren a atributos conseguidos por méritos propios, sino a cualidades obtenidas por un azar del que nunca fueron responsables. Nadie elige el color de su piel, o sus tendencias sexuales, o la cuenta corriente de quienes serán sus padres. Nadie elige haber nacido en un país devastado por el hambre, o no tener más remedio que emigrar para dar de comer a los suyos. Y ya seas rico o seas pobre, nadie elige caer enfermo: nadie elige la leucemia, nadie elige el VIH.
Pero sólo alguien estúpido es capaz de negarle a otro ser humano la atención sanitaria que precise para evitar la muerte. Sea de donde sea. Venga de donde venga (puede que de países hambrientos también por nuestra culpa, por comprar petróleo a sátrapas, léase Guinea, o por venderles armas). O sólo alguien estúpido, que no ve más allá de su propio ombligo, es capaz de subirse a un púlpito y en nombre de un dios subvencionado por un Estado laico demonizar a los homosexuales.
O tal vez, en cualquiera de estos dos casos, entendí yo mal el catolicismo, que también puede ser.

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