8 de mayo de 2012

Si sólo nos acordamos del paraguas cuando llueve, hoy es un buen día



Los paraguas son unos de los seres más olvidados de la Creación. Nos los olvidamos en todas partes. Uno entra en una boutique, una mercería o un spa, y cuando sale, el paraguas se queda allí.

Te olvidas uno, pero Fermín, el relojero, se olvida otro; Cosme, el vendedor de arenques, otro; Raúl, el foniatra, otro… ¿Qué hacen en las tiendas con todos esos paraguas al final del día? ¿Una hoguera? ¿Los mandan a África? Sería una chorrada, porque allí no llueve.
Yo creo que se los quedan. Así la dueña de la mercería se hace un remanente de paraguas para poder ir a la relojería y dejarse allí uno, otro en pompas fúnebres, otro en la pescadería, otro en el foniatra… Y así, los paraguas van de mano en mano. Sólo hay una tienda en la que no nos olvidamos el paraguas jamás: la tienda de paraguas. Es que allí nadie entra. En el mundo ya hay los paraguas necesarios y van de mano en mano.
Hoy en día nadie entra en una tienda de paraguas gracias a los chinos, que son unos señores bajitos con jersey a quienes, cuando empieza a llover, se les llenan las manos de paraguas. Las gotas saltan de las nubes y, antes de que se estrellen contra el suelo, ya han salido de la nada un montón de chinos vendiendo paraguas. ¿Cómo predicen el tiempo estos tíos? Para mí que tienen un infiltrado en el Instituto Meteorológico que les da el chivatazo. Lo que pasa es que los paraguas de los chinos valen sólo para un chubasco. De hecho, el chino que te vende el paraguas está con un racimo de paraguas en cada brazo… ¡y no está usando ninguno, se está empapando! Dice muy poco a favor de un paraguas que el que lo vende prefiera mojarse a abrir uno. ¿Qué pasa?, ¿que si se mojan se estropean? Claro, tienen un sensor que detecta la última gota del chubasco y luego se autodestruyen.
Está claro que, más o menos, todos sabemos lo que es un paraguas. También está claro que el Ministerio de Educación y Cultura no ha hecho nada para ello. Cada uno sabe lo que ha podido aprender por su cuenta. Sabemos que un paraguas es una de las pocas cosas que, cuando te lo regalan, no es sorpresa. No hace falta abrir el paquete para saber lo que es. Sabemos que son seres anfibios como las ranas y los garbanzos. A veces están en el agua y a veces están en los paragüeros que son unos sitios horribles y llenos de pájaros (por eso la gente habla de los “pájaros de par-agüero”…).
Sabemos que los paraguas son miedosos, y después de sacarlos, si los dejas solos en una pared, se hacen pis y dejan un charquito. Te dan ganas de pegarles con un periódico enrollado para que no lo vuelvan a hacer. Esto es lo que todo el mundo sabe de los paraguas, pero, ¿y lo que nadie sabe?
El origen de los paraguas es horrible, una aberración a ojos de Dios. El paraguas es el fruto impuro de un amor prohibido, y por mucho que el Ministerio de Educación y Cultura haya querido ocultarlo, ha de saberse que el paraguas es el hijo bastardo de un bastón y un murciélago. De su padre, el bastón, han heredado la forma y la mala leche. De su madre, la murciélago, han heredado la capacidad de desplegarse, la idea de dormir colgados y la ceguera, por eso intentan sacarnos los ojos constantemente, para ponérselos ellos y poder ver.
La mala leche heredada del bastón es contagiosa como la peste bubónica, y la persona que porta un paraguas desarrolla una fatal mezcla de ceguera y egoísmo. Es una pena, pero en cuanto tenemos un paraguas en la mano nos hacemos peores personas. Hay gente con paraguas que camina bajo el alero de los edificios para no mojarse, tú vas de frente, sin nada con qué cobijarte, ¡y hacen como que no te ven, no se apartan! Deben de tener miedo de que se les moje le paraguas.
El paraguas no se puede compartir, sólo cabe una persona y media. Si lo intentas compartir, el que no es propietario del paraguas se queda medio afuera y acaba pingando. El paraguas no es solidario, en las congregaciones de mucha gente el agua que a ti no te moja no desparece, cae por los carrilillos del paraguas y moja a la gente de alrededor que no tiene paraguas. En una congregación de cien personas de las cuales setenta tienen paraguas, los treinta restantes se tienen que repartir entre ellos el agua de los cien. Hacen que nos volvamos egoístas, que sólo pensemos en nosotros y que nos olvidemos de todo lo demás.
Pero los paraguas son veneno y antídoto, porque nos olvidamos de todo hasta tal punto que nos olvidamos de ellos, nos los dejamos en una relojería, en la mercería o en el spa y volvemos a ser personas decentes, dejando a otra persona que disfrute de ser mala persona durante el ratito que pueda tener nuestro paraguas.


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