24 de febrero de 2012

Broken Valentine



Sacó su caja color rosa palo decorada con flores negras. Aquella mísera y pequeña caja de cartón seguramente valdría poco en un chino, un euro poco más. Pero ahí estaba, dos años después, en perfecta y pura conservación, como si el tiempo no hubiera hecho mella en ella. La abrió cuidadosamente, podría explicar la multitud de olores que podría desprender aquel recipiente pero ella no tenía sentido del olfato. Y salió. Sólo Dios podría decir lo que ahí dentro había.  Su vida entera. Él y ella. Ellos. Y sobre todo él... Cartas anónimas sin remitente pero con esas faltas de ortografía, entradas de películas, envoltorios de caramelos, tickets de atracciones, discos de música, un playmobil rubio vestido de astronauta...
De repente una sensación fría recorrió su cuerpo de mármol blanco, ya desgastado por el paso de los años. No era sudor, sino lágrimas, algo que ella nunca había sentido desde hace ya incontables años. ¿Eran lágrimas de alegría? No, eso nunca existió en su mundo. ¿De tristeza, quizá? Puede, añoraba su infancia, a su familia, a su perro, y a él. ¿Acaso de que podría deberse ese sentimiento, ese sudor frio que recorría su cara desde sus ojos marrón sombrío hasta sus cortados y delicados labios? No tenía razón acaso, el roto San Valentín de aquel año se destrozó en mil retazos de dolor, pena, alegría, añoranza...
Cerró la caja, la guardó debajo de la cama, donde su madre no podría encontrarla años atrás y descubrir los preservativos que guardaba, y se introduzco en un mar de sábanas. Dejando que el sueño la invadiera y no la despertara jamás. “La abriré todos los años hasta mi muerte” se prometió.
Ahora, presa del recuerdo y el tiempo pasado, sigue abriendo esa caja cada San Valentín roto, pero no por recordarle a él ni a nadie, sino para sentir, una vez más en su vida, que es llorar y convencerse a sí misma de que es realmente un ser humano...

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